lunes, 5 de noviembre de 2018

SEMANA SIETE

MISIÓN DE LA FAMILIA EN LA IGLESIA

ACTIVIDAD: 

Los estudiantes prepararán en sus cuadernos, por parejas carteles a partir del material que se les entregue para presentar la próxima semana. Deben contener:

  1. Mapa conceptual que resuma todos los contenidos con los títulos y numerales del documento que se les entregue.
  2. Idea principal resumida en una frase.



Este es el cuarto capítulo de la Exhortación Apostólica “Familiaris Consortio” de Juan Pablo II sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual. Esta encíclica fue publicada el 22 de noviembre de 1981, cuando el Papa Juan Pablo II se encontraba delicado de salud por el atentado que tuvo. El documento fue un fruto de su gran trabajo por la familia y por la vida, ante los ataques contra estos grandes valores.

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IV - PARTICIPACIÓN EN LA VIDA Y MISIÓN DE LA IGLESIA
La familia en el misterio de la Iglesia

49. Entre los cometidos fundamentales de la familia cristiana se halla el eclesial, es decir, que ella está puesta al servicio de la edificación del Reino de Dios en la historia, mediante la participación en la vida y misión de la Iglesia.

Para comprender mejor los fundamentos, contenidos y características de tal participación, hay que examinar a fondo los múltiples y profundos vínculos que unen entre sí a la Iglesia y a la familia cristiana, y que hacen de esta última como una “Iglesia en miniatura” (Ecclesia domestica) de modo que sea, a su manera, una imagen viva y una representación histórica del misterio mismo de la Iglesia.

Es ante todo la Iglesia Madre la que engendra, educa, edifica la familia cristiana, poniendo en práctica para con la misma la misión de salvación que ha recibido de su Señor. Con el anuncio de la Palabra de Dios, la Iglesia revela a la familia cristiana su verdadera identidad, lo que es y debe ser según el plan del Señor; con la celebración de los sacramentos, la Iglesia enriquece y corrobora a la familia cristiana con la gracia de Cristo, en orden a su santificación para la gloria del Padre; con la renovada proclamación del mandamiento nuevo de la caridad, la Iglesia anima y guía a la familia cristiana al servicio del amor, para que imite y reviva el mismo amor de donación y sacrificio que el Señor Jesús nutre hacia toda la humanidad.

Por su parte la familia cristiana está insertada de tal forma en el misterio de la Iglesia que participa, a su manera, en la misión de salvación que es propia de la Iglesia. Los cónyuges y padres cristianos, en virtud del sacramento, “poseen su propio don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado y forma de vida”. Por eso no sólo “reciben” el amor de Cristo, convirtiéndose en comunidad “salvada”, sino que están también llamados a “transmitir” a los hermanos el mismo amor de Cristo, haciéndose así comunidad “salvadora”. De esta manera, a la vez que es fruto y signo de la fecundidad sobrenatural de la Iglesia, la familia cristiana se hace símbolo, testimonio y participación de la maternidad de la Iglesia.



Un cometido eclesial propio y original

50. La familia cristiana está llamada a tomar parte viva y responsable en la misión de la Iglesia de manera propia y original, es decir, poniendo a servicio de la Iglesia y de la sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad íntima de vida y de amor.
Si la familia cristiana es comunidad cuyos vínculos son renovados por Cristo mediante la fe y los sacramentos, su participación en la misión de la Iglesia debe realizarse según una modalidad comunitaria; juntos, pues, los cónyuges en cuanto pareja, y los padres e hijos en cuanto familia, han de vivir su servicio a la Iglesia y al mundo. Deben ser en la fe “un corazón y un alma sola”, mediante el común espíritu apostólico que los anima y la colaboración que los empeña en las obras de servicio a la comunidad eclesial y civil.

La familia cristiana edifica además el Reino de Dios en la historia mediante esas mismas realidades cotidianas que tocan y distinguen su condición de vida. Es por ello en el amor conyugal y familiar —vivido en su extraordinaria riqueza de valores y exigencias de totalidad, unicidad, fidelidad y fecundidad------ donde se expresa y realiza la participación de la familia cristiana en la misión profética, sacerdotal y real de Jesucristo y de su Iglesia. El amor y la vida constituyen por lo tanto el núcleo de la misión salvífica de la familia cristiana en la Iglesia y para la Iglesia.

Lo recuerda el Concilio Vaticano II cuando dice: “La familia hará partícipes a otras familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. Así es como la familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros”.

Puesto así el fundamento de la participación de la familia cristiana en la misión eclesial, hay que poner de manifiesto ahora su contenido en la triple unitaria referencia a Jesucristo Profeta, Sacerdote y Rey, presentando por ello la familia cristiana como 1) comunidad creyente y evangelizadora, 2) comunidad en diálogo con Dios, 3) comunidad al servicio del hombre.



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1) La familia cristiana, comunidad creyente y evangelizadora

La fe, descubrimiento y admiración del plan de Dios sobre la familia

51. Dado que participa de la vida y misión de la Iglesia, la cual escucha religiosamente la Palabra de Dios y la proclama con firme confianza, la familia cristiana vive su cometido profético acogiendo y anunciando la Palabra de Dios. Se hace así, cada día más, una comunidad creyente y evangelizadora.

También a los esposos y padres cristianos se exige la obediencia a la fe, ya que son llamados a acoger la Palabra del Señor que les revela la estupenda novedad —la Buena Nueva— de su vida conyugal y familiar, que Cristo ha hecho santa y santificadora. En efecto, solamente mediante la fe ellos pueden descubrir y admirar con gozosa gratitud a qué dignidad ha elevado Dios el matrimonio y la familia, constituyéndolos en signo y lugar de la alianza de amor entre Dios y los hombres, entre Jesucristo y la Iglesia esposa suya. La misma preparación al matrimonio cristiano se califica ya como un itinerario de fe. Es, en efecto, una ocasión privilegiada para que los novios vuelvan a descubrir y profundicen la fe recibida en el Bautismo y alimentada con la educación cristiana. De esta manera reconocen y acogen libremente la vocación a vivir el seguimiento de Cristo y el servicio al Reino de Dios en el estado matrimonial.

El momento fundamental de la fe de los esposos está en la celebración del sacramento del matrimonio, que en el fondo de su naturaleza es la proclamación, dentro de la Iglesia, de la Buena Nueva sobre el amor conyugal. Es la Palabra de Dios que “revela” y “culmina” el proyecto sabio y amoroso que Dios tiene sobre los esposos, llamados a la misteriosa y real participación en el amor mismo de Dios hacia la humanidad. Si la celebración sacramental del matrimonio es en sí misma una proclamación de la Palabra de Dios en cuanto son por título diverso protagonistas y celebrantes, debe ser una “profesión de fe” hecha dentro y con la Iglesia, comunidad de creyentes.

Esta profesión de fe ha de ser continuada en la vida de los esposos y de la familia. En efecto, Dios que ha llamado a los esposos “al” matrimonio, continúa a llamarlos “en el” matrimonio. Dentro y a través de los hechos, los problemas, las dificultades, los acontecimientos de la existencia de cada día, Dios viene a ellos, revelando y proponiendo las “exigencias” concretas de su participación en el amor de Cristo por su Iglesia, de acuerdo con la particular situación —familiar, social y eclesial— en la que se encuentran. El descubrimiento y la obediencia al plan de Dios deben hacerse “en conjunto” por parte de la comunidad conyugal y familiar, a través de la misma experiencia humana del amor vivido en el Espíritu de Cristo entre los esposos, entre los padres y los hijos.

Para esto, también la pequeña Iglesia doméstica, como la gran Iglesia, tiene necesidad de ser evangelizada continua e intensamente. De ahí deriva su deber de educación permanente en la fe.



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Ministerio de evangelización de la familia cristiana

52. En la medida en que la familia cristiana acoge el Evangelio y madura en la fe, se hace comunidad evangelizadora. Escuchemos de nuevo a Pablo VI: “La familia, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia.

Dentro pues de una familia consciente de esta misión, todos los miembros de la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo comunican a los hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este mismo Evangelio profundamente vivido... Una familia así se hace evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive”.

Como ha repetido el Sínodo, recogiendo mi llamada lanzada en Puebla, la futura evangelización depende en gran parte de la Iglesia doméstica. Esta misión apostólica de la familia está enraizada en el Bautismo y recibe con la gracia sacramental del matrimonio una nueva fuerza para transmitir la fe, para santificar y transformar la sociedad actual según el plan de Dios.

La familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón: “La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada”.

La absoluta necesidad de la catequesis familiar surge con singular fuerza en determinadas situaciones, que la Iglesia constata por desgracia en diversos lugares: “En los lugares donde una legislación antirreligiosa pretende incluso impedir la educación en la fe, o donde ha cundido la incredulidad o ha penetrado el secularismo hasta el punto de resultar prácticamente imposible una verdadera creencia religiosa, la Iglesia doméstica es el único ámbito donde los niños y los jóvenes pueden recibir una auténtica catequesis”.

Un servicio eclesial

53. El ministerio de evangelización de los padres cristianos es original e insustituible y asume las características típicas de la vida familiar, hecha, como debería estar, de amor, sencillez, concreción y testimonio cotidiano.

La familia debe formar a los hijos para la vida, de manera que cada uno cumpla en plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios. Efectivamente, la familia que está abierta a los valores transcendentes, que sirve a los hermanos en la alegría, que cumple con generosa fidelidad sus obligaciones y es consciente de su cotidiana participación en el misterio de la cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y mejor seminario de vocaciones a la vida consagrada al Reino de Dios.

El ministerio de evangelización y catequesis de los padres debe acompañar la vida de los hijos también durante su adolescencia y juventud, cuando ellos, como sucede con frecuencia, contestan o incluso rechazan la fe cristiana recibida en los primeros años de su vida. Y así como en la Iglesia no se puede separar la obra de evangelización del sufrimiento del apóstol, así también en la familia cristiana los padres deben afrontar con valentía y gran serenidad de espíritu las dificultades que halla a veces en los mismos hijos su ministerio de evangelización.

No hay que olvidar que el servicio llevado a cabo por los cónyuges y padres cristianos en favor del Evangelio es esencialmente un servicio eclesial, es decir, que se realiza en el contexto de la Iglesia entera en cuanto comunidad evangelizada y evangelizadora. En cuanto enraizado y derivado de la única misión de la Iglesia y en cuanto ordenado a la edificación del único Cuerpo de Cristo, el ministerio de evangelización y de catequesis de la Iglesia doméstica ha de quedar en íntima comunión y ha de armonizarse responsablemente con los otros servicios de evangelización y de catequesis presentes y operantes en la comunidad eclesial, tanto diocesana como parroquial.



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Predicar el Evangelio a toda criatura

54. La universalidad sin fronteras es el horizonte propio de la evangelización, animada interiormente por el afán misionero, ya que es de hecho la respuesta a la explícita e inequívoca consigna de Cristo: “Id por el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura”.

También la fe y la misión evangelizadora de la familia cristiana poseen esta dimensión misionera católica. El sacramento del matrimonio que plantea con nueva fuerza el deber arraigado en el bautismo y en la confirmación de defender y difundir la fe, constituye a los cónyuges y padres cristianos en testigos de Cristo “hasta los últimos confines de la tierra”, como verdaderos y propios misioneros” del amor y de la vida.

Una cierta forma de actividad misionera puede ser desplegada ya en el interior de la familia. Esto sucede cuando alguno de los componentes de la misma no tiene fe o no la practica con coherencia. En este caso, los parientes deben ofrecerles tal testimonio de vida que los estimule y sostenga en el camino hacia la plena adhesión a Cristo Salvador.

Animada por el espíritu misionero en su propio interior, la Iglesia doméstica está llamada a ser un signo luminoso de la presencia de Cristo y de su amor incluso para los “alejados”, para las familias que no creen todavía y para las familias cristianas que no viven coherentemente la fe recibida. Está llamada “con su ejemplo y testimonio” a iluminar “a los que buscan la verdad”.

Así como ya al principio del cristianismo Aquila y Priscila se presentaban como una pareja misionera, así también la Iglesia testimonia hoy su incesante novedad y vigor con la presencia de cónyuges y familias cristianas que, al menos durante un cierto período de tiempo, van a tierras de misión a anunciar el Evangelio, sirviendo al hombre por amor de Jesucristo.

Las familias cristianas dan una contribución particular a la causa misionera de la Iglesia, cultivando la vocación misionera en sus propios hijos e hijasy, de manera más general, con una obra educadora que prepare a sus hijos, desde la juventud “para conocer el amor de Dios hacia todos los hombres”.



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2) La familia cristiana, comunidad en diálogo con Dios

 El santuario doméstico de la Iglesia

 55. El anuncio del Evangelio y su acogida mediante la fe encuentran su plenitud en la celebración sacramental. La Iglesia, comunidad creyente y evangelizadora, es también pueblo sacerdotal, es decir, revestido de la dignidad y partícipe de la potestad de Cristo, Sumo Sacerdote de la nueva y eterna Alianza. 

También la familia cristiana está inserta en la Iglesia, pueblo sacerdotal, mediante el sacramento del matrimonio, en el cual está enraizada y de la que se alimenta, es vivificada continuamente por el Señor y es llamada e invitada al diálogo con Dios mediante la vida sacramental, el ofrecimiento de la propia vida y oración.

Este es el cometido sacerdotal que la familia cristiana puede y debe ejercer en íntima comunión con toda la Iglesia, a través de las realidades cotidianas de la vida conyugal y familiar. De esta manera la familia cristiana es llamada a santificarse y a santificar a la comunidad eclesial y al mundo.

El matrimonio, sacramento de mutua santificación y acto de culto

 56. Fuente y medio original de santificación propia para los cónyuges y para la familia cristiana es el sacramento del matrimonio, que presupone y especifica la gracia santificadora del bautismo. En virtud del misterio de la muerte y resurrección de Cristo, en el que el matrimonio cristiano se sitúa de nuevo, el amor conyugal es purificado y santificado: “El Señor se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad”.

El don de Jesucristo no se agota en la celebración del sacramento del matrimonio, sino que acompaña a los cónyuges a lo largo de toda su existencia. Lo recuerda explícitamente el Concilio Vaticano II cuando dice que Jesucristo “permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella... Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios”.
 La vocación universal a la santidad está dirigida también a los cónyuges y padres cristianos. Para ellos está especificada por el sacramento celebrado y traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y familiar. De ahí nacen la gracia y la exigencia de una auténtica y profunda espiritualidad conyugal y familiar, que ha de inspirarse en los motivos de la creación, de la alianza, de la cruz, de la resurrección y del signo, de los que se ha ocupado en más de una ocasión el Sínodo.

El matrimonio cristiano, como todos los sacramentos que “están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios”, es en sí mismo un acto litúrgico de glorificación de Dios en Jesucristo y en la Iglesia. Celebrándolo, los cónyuges cristianos profesan su gratitud a Dios por el bien sublime que se les da de poder revivir en su existencia conyugal y familiar el amor mismo de Dios por los hombres y del Señor Jesús por la Iglesia, su esposa.

Y como del sacramento derivan para los cónyuges el don y el deber de vivir cotidianamente la santificación recibida, del mismo sacramento brotan también la gracia y el compromiso moral de transformar toda su vida en un continuo sacrificio espiritual. También a los esposos y padres cristianos, de modo especial en esas realidades terrenas y temporales que los caracterizan, se aplican las palabras del Concilio: “También los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios”.



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Matrimonio y Eucaristía

 57. El deber de santificación de la familia cristiana tiene su primera raíz en el bautismo y su expresión máxima en la Eucaristía, a la que está íntimamente unido el matrimonio cristiano. El Concilio Vaticano II ha querido poner de relieve la especial relación existente entre la Eucaristía y el matrimonio, pidiendo que habitualmente éste se celebre “dentro de la Misa”. Volver a encontrar y profundizar tal relación es del todo necesario, si se quiere comprender y vivir con mayor intensidad la gracia y las responsabilidades del matrimonio y de la familia cristiana.

La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano. En efecto, el sacrificio eucarístico representa la alianza de amor de Cristo con la Iglesia, en cuanto sellada con la sangre de la cruz. Y en este sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza los cónyuges cristianos encuentran la raíz de la que brota, que configura interiormente y vivifica desde dentro, su alianza conyugal. En cuanto representación del sacrificio de amor de Cristo por su Iglesia, la Eucaristía es manantial de caridad. Y en el don eucarístico de la caridad la familia cristiana halla el fundamento y el alma de su “comunión” y de su “misión”, ya que el Pan eucarístico hace de los diversos miembros de la comunidad familiar un único cuerpo, revelación y participación de la más amplia unidad de la Iglesia; además, la participación en el Cuerpo “entregado” y en la Sangre “derramada” de Cristo se hace fuente inagotable del dinamismo misionero y apostólico de la familia cristiana.

El sacramento de la conversión y reconciliación

58. Parte esencial y permanente del cometido de santificación de la familia cristiana es la acogida de la llamada evangélica a la conversión, dirigida a todos los cristianos que no siempre permanecen fieles a la “novedad” del bautismo que los ha hecho “santos”. Tampoco la familia es siempre coherente con la ley de la gracia y de la santidad bautismal, proclamada nuevamente en el sacramento del matrimonio.

El arrepentimiento y perdón mutuo dentro de la familia cristiana que tanta parte tienen en la vida cotidiana, hallan su momento sacramental específico en la Penitencia cristiana. Respecto de los cónyuges cristianos, así escribía Pablo VI en la encíclica Humanae vitae: “Y si el pecado les sorprendiese todavía, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el Sacramento de la Penitencia”.

La celebración de este sacramento adquiere un significado particular para la vida familiar. En efecto, mientras mediante la fe descubren cómo el pecado contradice no sólo la alianza con Dios, sino también la alianza de los cónyuges y la comunión de la familia, los esposos y todos los miembros de la familia son alentados al encuentro con Dios “rico en misericordia”, el cual, infundiendo su amor más fuerte que el pecado, reconstruye y perfecciona la alianza conyugal y la comunión familiar.



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La plegaria familiar

 59. La Iglesia ora por la familia cristiana y la educa para que viva en generosa coherencia con el don y el cometido sacerdotal recibidos de Cristo Sumo Sacerdote. En realidad, el sacerdocio bautismal de los fieles, vivido en el matrimonio-sacramento, constituye para los cónyuges y para la familia el fundamento de una vocación y de una misión sacerdotal, mediante la cual su misma existencia cotidiana se transforma en “sacrificio espiritual aceptable a Dios por Jesucristo”. Esto sucede no sólo con la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos o con la ofrenda de sí mismos para gloria de Dios, sino también con la vida de oración, con el diálogo suplicante dirigido al Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo.

La plegaria familiar tiene características propias. Es una oración hecha en común, marido y mujer juntos, padres e hijos juntos. La comunión en la plegaria es a la vez fruto y exigencia de esa comunión que deriva de los sacramentos del bautismo y del matrimonio. A los miembros de la familia cristiana pueden aplicarse de modo particular las palabras con las cuales el Señor Jesús promete su presencia: “Os digo en verdad que si dos de vosotros conviniéreis sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. 

Esta plegaria tiene como contenido original la misma vida de familia que en las diversas circunstancias es interpretada como vocación de Dios y es actuada como respuesta filial a su llamada: alegrías y dolores, esperanzas y tristezas, nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la boda de los padres, partidas, alejamientos y regresos, elecciones importantes y decisivas, muerte de personas queridas, etc., señalan la intervención del amor de Dios en la historia de la familia, como deben también señalar el momento favorable de acción de gracias, de imploración, de abandono confiado de la familia al Padre común que está en los cielos. Además, la dignidad y responsabilidades de la familia cristiana en cuanto Iglesia doméstica solamente pueden ser vividas con la ayuda incesante de Dios, que será concedida sin falta a cuantos la pidan con humildad y confianza en la oración.


Maestros de oración

60. En virtud de su dignidad y misión, los padres cristianos tienen el deber específico de educar a sus hijos en la plegaria, de introducirlos progresivamente al descubrimiento del misterio de Dios y del coloquio personal con Él: “Sobre todo en la familia cristiana, enriquecida con la gracia y los deberes del sacramento del matrimonio, importa que los hijos aprendan desde los primeros años a conocer y a adorar a Dios y a amar al prójimo según la fe recibida en el bautismo”.

Elemento fundamental e insustituible de la educación a la oración es el ejemplo concreto, el testimonio vivo de los padres; sólo orando junto con sus hijos, el padre y la madre, mientras ejercen su propio sacerdocio real, calan profundamente en el corazón de sus hijos, dejando huellas que los posteriores acontecimientos de la vida no lograrán borrar. Escuchemos de nuevo la llamada que Pablo VI ha dirigido a las madres y a los padres: “Madres, ¿enseñáis a vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis, de acuerdo con los sacerdotes, a vuestros hijos para los sacramentos de la primera edad: confesión, comunión, confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los santos? ¿Rezáis el rosario en familia? Y vosotros, padres, ¿sabéis rezar con vuestros hijos, con toda la comunidad doméstica, al menos alguna vez? Vuestro ejemplo, en la rectitud del pensamiento y de la acción, apoyado por alguna oración común vale una lección de vida, vale un acto de culto de un mérito singular; lleváis de este modo la paz al interior de los muros domésticos: "Pax huic domui". Recordad: así edificáis la Iglesia”. 



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Plegaria litúrgica y privada

61. Hay una relación profunda y vital entre la oración de la Iglesia y la de cada uno de los fieles, como ha confirmado claramente el Concilio Vaticano II.(153) Una finalidad importante de la plegaria de la Iglesia doméstica es la de constituir para los hijos la introducción natural a la oración litúrgica propia de toda la Iglesia, en el sentido de preparar a ella y de extenderla al ámbito de la vida personal, familiar y social. De aquí deriva la necesidad de una progresiva participación de todos los miembros de la familia cristiana en la Eucaristía, sobre todo los domingos y días festivos, y en los otros sacramentos, de modo particular en los de la iniciación cristiana de los hijos. Las directrices conciliares han abierto una nueva posibilidad a la familia cristiana, que ha sido colocada entre los grupos a los que se recomienda la celebración comunitaria del Oficio divino. Pondrán asimismo cuidado las familias cristianas en celebrar, incluso en casa y de manera adecuada a sus miembros, los tiempos y festividades del año litúrgico.

Para preparar y prolongar en casa el culto celebrado en la iglesia, la familia cristiana recurre a la oración privada, que presenta gran variedad de formas. Esta variedad, mientras testimonia la riqueza extraordinaria con la que el Espíritu anima la plegaria cristiana, se adapta a las diversas exigencias y situaciones de vida de quien recurre al Señor. Además de las oraciones de la mañana y de la noche, hay que recomendar explícitamente —siguiendo también las indicaciones de los Padres Sinodales— la lectura y meditación de la Palabra de Dios, la preparación a los sacramentos, la devoción y consagración al Corazón de Jesús, las varias formas de culto a la Virgen Santísima, la bendición de la mesa, las expresiones de la religiosidad popular.

Dentro del respeto debido a la libertad de los hijos de Dios, la Iglesia ha propuesto y continúa proponiendo a los fieles algunas prácticas de piedad en las que pone una particular solicitud e insistencia. Entre éstas es de recordar el rezo del rosario: “Y ahora, en continuidad de intención con nuestros Predecesores, queremos recomendar vivamente el rezo del santo Rosario en familia .... no cabe duda de que el Rosario a la Santísima Virgen debe ser considerado como una de las más excelentes y eficaces oraciones comunes que la familia cristiana está invitada a rezar. Nos queremos pensar y deseamos vivamente que cuando un encuentro familiar se convierta en tiempo de oración, el Rosario sea su expresión frecuente y preferida”. Así la auténtica devoción mariana, que se expresa en la unión sincera y en el generoso seguimiento de las actitudes espirituales de la Virgen Santísima, constituye un medio privilegiado para alimentar la comunión de amor de la familia y para desarrollar la espiritualidad conyugal y familiar. Ella, la Madre de Cristo y de la Iglesia, es en efecto y de manera especial la Madre de las familias cristianas, de las Iglesias domésticas.


Plegaria y vida

62. No hay que olvidar nunca que la oración es parte constitutiva y esencial de la vida cristiana considerada en su integridad y profundidad. Más aún, pertenece a nuestra misma “humanidad” y es “la primera expresión de la verdad interior del hombre, la primera condición de la auténtica libertad del espíritu”.

Por ello la plegaria no es una evasión que desvía del compromiso cotidiano, sino que constituye el empuje más fuerte para que la familia cristiana asuma y ponga en práctica plenamente sus responsabilidades como célula primera y fundamental de la sociedad humana. En ese sentido, la efectiva participación en la vida y misión de la Iglesia en el mundo es proporcional a la fidelidad e intensidad de la oración con la que la familia cristiana se una a la Vid fecunda, que es Cristo.

De la unión vital con Cristo, alimentada por la liturgia, de la ofrenda de sí mismo y de la oración deriva también la fecundidad de la familia cristiana en su servicio específico de promoción humana, que no puede menos de llevar a la transformación del mundo.



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3 ) La familia cristiana, comunidad al servicio del hombre

El nuevo mandamiento del amor

63. La Iglesia, pueblo profético, sacerdotal y real, tiene la misión de llevar a todos los hombres a acoger con fe la Palabra de Dios, a celebrarla y profesarla en los sacramentos y en la plegaria, y finalmente a manifestarla en la vida concreta según el don y el nuevo mandamiento del amor.

La vida cristiana encuentra su ley no en un código escrito, sino en la acción personal del Espíritu Santo que anima y guía al cristiano, es decir, en “la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús”: “el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado”.

Esto vale también para la pareja y para la familia cristiana: su guía y norma es el Espíritu de Jesús, difundido en los corazones con la celebración del sacramento del matrimonio. En continuidad con el bautismo de agua y del Espíritu, el matrimonio propone de nuevo la ley evangélica del amor, y con el don del Espíritu la graba más profundamente en el corazón de los cónyuges cristianos. Su amor, purificado y salvado, es fruto del Espíritu que actúa en el corazón de los creyentes y se pone a la vez como el mandamiento fundamental de la vida moral que es una exigencia de su libertad responsable.

La familia cristiana es así animada y guiada por la ley nueva del Espíritu y en íntima comunión con la Iglesia, pueblo real, es llamada a vivir su “servicio” de amor a Dios y a los hermanos. Como Cristo ejerce su potestad real poniéndose al servicio de los hombres, así también el cristiano encuentra el auténtico sentido de su participación en la realeza de su Señor, compartiendo su espíritu y su actitud de servicio al hombre: “Este poder lo comunicó a sus discípulos, para que también ellos queden constituidos en soberana libertad, y por su abnegación y santa vida venzan en sí mismos el reino del pecado (cf. Rom 6, 12). Más aún, para que sirviendo a Cristo también en los demás, conduzcan con humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar. También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz. Un reino en el cual la misma creación será liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rom 8, 21)”.



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Descubrir en cada hermano la imagen de Dios

64. Animada y sostenida por el mandamiento nuevo del amor, la familia cristiana vive la acogida, el respeto, el servicio a cada hombre, considerado siempre en su dignidad de persona y de hijo de Dios.

Esto debe realizarse ante todo en el interior y en beneficio de la pareja y la familia, mediante el cotidiano empeño en promover una auténtica comunidad de personas, fundada y alimentada por la comunión interior de amor. Ello debe desarrollarse luego dentro del círculo más amplio de la comunidad eclesial en el que la familia cristiana vive. Gracias a la caridad de la familia, la Iglesia puede y debe asumir una dimensión más doméstica, es decir, más familiar, adoptando un estilo de relaciones más humano y fraterno.

La caridad va más allá de los propios hermanos en la fe, ya que “cada hombre es mi hermano”; en cada uno, sobre todo si es pobre, débil, si sufre o es tratado injustamente, la caridad sabe descubrir el rostro de Cristo y un hermano a amar y servir.
Para que el servicio al hombre sea vivido en la familia de acuerdo con el estilo evangélico, hay que poner en práctica con todo cuidado lo que enseña el Concilio Vaticano II: “Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente irreprochable y aparezca como tal, es necesario ver en el prójimo la imagen de Dios, según la cual ha sido creado, y a Cristo Señor, a quien en realidad se ofrece lo que al necesitado se da”.

La familia cristiana, mientras con la caridad edifica la Iglesia, se pone al servicio del hombre y del mundo, actuando de verdad aquella “promoción humana”, cuyo contenido ha sido sintetizado en el Mensaje del Sínodo a las familias: “Otro cometido de la familia es el de formar los hombres al amor y practicar el amor en toda relación humana con los demás, de tal modo que ella no se encierre en sí misma, sino que permanezca abierta a la comunidad, inspirándose en un sentido de justicia y de solicitud hacia los otros, consciente de la propia responsabilidad hacia toda la sociedad”.

domingo, 21 de octubre de 2018

SEMANA CINCO

MISIÓN DE LA FAMILIA EN LA IGLESIA




Video foro: “Misión en el Ecuador”
  1. ¿Qué es lo que más te llamó la atención de la película?
  2. ¿Por qué razón estas familias dejaron su país para irse al Ecuador?
  3. ¿Qué sacrificios hicieron estas familias por irse a evangelizar?
  4. ¿Qué frutos dio su entrega en esta misión en el Ecuador?
  5. ¿Cómo podrían las familias de nuestro tiempo cumplir la llamada que Dios les hace a evangelizar?


lunes, 15 de octubre de 2018

PLAN LECTOR: LA LIBERTAD

PLAN LECTOR 

Esta actividad se realizó el lunes 1 de octubre durante la segunda hora de clase y se valoró en la clase de religión.

Si quieres mejorar tu nota puedes hacer este taller y presentarlo al profesor en hojas de blog.


Libertad

La libertad de los hijos de Dios
Las acciones del ser humano no pueden ser consideradas como consecuencia de factores que se encuentran fuera de él. Cada hombre y cada mujer están en capacidad de tomar en sus manos su propia existencia y determinar aquello que quieren alcanzar asumiendo con responsabilidad las consecuencias de sus actos.

Lee el siguiente texto de la Biblia.
Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley. Porque los mandamientos: no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro, se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley.

Ustedes saben en qué tiempo vivimos y que ya es hora de despertarse, porque la salvación está ahora más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está muy avanzada y se acerca el día. Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz.

Como en pleno día, procedamos dignamente: basta de excesos en la comida y en la bebida, basta de lujuria y libertinaje, no más peleas ni envidias. Por el contrario, revístanse del Señor Jesucristo, y no se preocupen por satisfacer los deseos de la carne.
Romanos 13, 8-14
1.      QUÉ DICE EL TEXTO
•                     ¿Cuáles son las obras de la oscuridad a las que hace referencia el texto bíblico?
•                     ¿Qué significa revestirse de la luz de Cristo?

2.      QUE ME DICE EL TEXTO
•                     ¿Qué consecuencias tiene para el ser humano el vivir en las tinieblas y vivir en la oscuridad?
•                     ¿Cuáles son las acciones que realizan los jóvenes de hoy que consideras son obras de la oscuridad?

ENFOQUE ANTROPOLÓGICO
Todos somos responsables de nuestros actos
Existen casos en los que las personas actúan casi por instinto, no toman conciencia de sus acciones, no analizan bien lo que van a hacer y por tanto tampoco pueden determinar las consecuencias de sus actos.
Lee la siguiente historia.
¿Qué es lo que pasa?
“Ayer me fui al médico y al salir de él, decidí llamar a un amigo para charlar un poco. Dijo que se encontraba muy cerca de donde yo estaba. Fui a buscarlo. Mi amigo tiene 24 años y acaba de ser padre hace tres meses. Lo encontré con su hija y su novia, a un lado, haciendo tareas.
Hablamos un rato, y luego salí para mi casa. Me sentí mal con mi amigo, porque no sé si se da cuenta de la responsabilidad que ahora tiene, porque sigue siendo el mismo mocoso, igual que cuando éramos novios hace dos años. (...)
Me preocupé por él y por la bebé, porque no encuentra trabajo, porque no terminó la escuela y porque ese día no les alcanzaba el dinero para comer... No sé qué le pasaba por la mente pero yo sí me sentí mal por él. No sé cómo se sentirá ante esta situación.
Me pregunto qué le está pasando a nuestra generación, por qué nos pasan estas cosas y no aprendemos. Ahí está la fregadera, perdón por la palabra, pero no es otra cosa y me molesta mucho este tipo de “hombrecitos” que no son capaces de darle sustento a la familia que decidieron formar...
¿Y acaso no todo es en nombre de la “libertad”, de que cada quien tiene derecho a hacer con su vida lo que le venga en gana?...
Claudia Patricia Gómez. Testimonio de una joven

3.      CÓMO APLICARLO A MI REALIDAD
•           ¿Cómo entienden la libertad y la responsabilidad cada uno de los personajes de la historia?
•           Según la joven “no aprendemos” ¿Qué es lo que debemos aprender? ¿Cuál es la enseñanza que nos deja esta historia?
•           ¿Conoces otras historias parecidas a esta en las cuales se evidencie la irresponsabilidad de los jóvenes en sus acciones y decisiones? ¿Cuáles?

El lobo y el perro
Un lobo iba caminando por el monte, maltrecho y con hambre. La temporada de caza había estado bastante mala, y lo peor era que no parecía que fuera a mejorar. Había una fuerte sequía y muchos de los animales silvestres que le servían de alimento habían emigrado en busca de mejor suerte. Tampoco
 había manera de acercarse a los rebaños de ovejas ya que estaban muy bien custodiados por gordos y bien alimentados perros ovejeros. Las cosas no podían estar más difíciles. Presa del desconsuelo y la
 incertidumbre, el lobo avanzaba con dificultad, preguntándose qué podría hacer. En el camino se encontró de pronto con uno de aquellos perros que cuidaban los rebaños. La primera idea que cruzó por su mente fue atacarlo, pero se contuvo, pensando en lo débil que estaba y en lo fuerte y saludable que se veía el otro. De manera que prefirió acercarse y conversar con él en son de paz.

-¡Qué bien te ves! ¡Permíteme felicitarte! ¡Se nota que no te hace falta nada!- le dijo el lobo al perro, con admiración y también algo de envidia. -La verdad es que no me puedo quejar – contestó el obeso ovejero, sobándose la panza con satisfacción. -A mí no me va tan bien - confesó el lobo.
La comida está muy escasa, y por más que me esfuerzo no logro atrapar gran cosa. -Deberías venirte a vivir con los humanos- le propuso el perro-, con ellos, la vivienda está asegurada y no hace falta esforzarse mucho. Sólo hay que estar pendiente de las ovejas, ladrarle de vez en cuando a los forasteros y lamerle la mano al amo cuando nos llame su lado. En cuanto a la comida, con las sobras que depositan en nuestros platos nos basta.

Al lobo todo esto le pareció muy bien y acompañó al perro hasta su casa. Al llegar, vio cómo lo castigaban por haber estado ausente enseguida lo amarraban con una cadena a la entrada de una casa diminuta.

-¿Y esto qué significa?- preguntó el lobo desde el exterior de la verja.
-Ah, no es nada. - respondió el perro, con naturalidad. -Todo el día permanecemos amarrados, porque a los amos les gusta tenernos siempre cerca para que les cuidemos sus cosas. Es lo más normal del mundo.

-Pues a mí no me parece- dijo el lobo, espantado. -Prefiero mi forma de vida. No tendré todas esas comodidades ni estaré tan bien alimentado, pero al menos soy libre.

4.      QUÉ DICE EL TEXTO
¿En qué consiste la libertad del lobo? ¿Por qué el perro no era libre?

5.      QUE ME DICE EL TEXTO
¿Cuándo nos volvemos esclavos de lo que nos da comodidad y placer?

6.      CÓMO APLICARLO A MI REALIDAD

¿Qué les dirías a las personas que prefieren vivir cómodamente atados a sus cadenas y que rechazan la liberad de los hijos de Dios?

sábado, 1 de septiembre de 2018

SEMANA NUEVE TERCER PERIODO


LA IGLESIA ES EL CUERPO DE CRISTO


RECUERDA Y AVANZA
LA IGLESIA ESTA AL SERVICIO DE JESUCRISTO; FUE FUNDADA POR EL PARA QUE LLEVARA A LOS HOMBRES DE TODOS LOS TIEMPOS Y LUGARES SU SALVACIÓN.
¿QUE RELACIÓN HAY ENTRE CRISTO Y LA IGLESIA?
OBJETIVOS
•                    Reconocer a la Iglesia como el cuerpo de Cristo.
•                    Valorar la importancia de la Iglesia para la expansión del mensaje de Jesucristo.
•                    Motivar el sentido de Iglesia.

ACTIVIDAD 1: EVOQUEMOS NUESTRA EXPERIENCIA
1.       ¿De qué está conformado un cuerpo humano?
2.       ¿Cuál es la relación que debe haber entre los miembros del mismo cuerpo?
3.       ¿Qué ocurriría si unos miembros no tuvieran en cuenta a los otros y los despreciaran?
4.       ¿En qué consiste la unidad y la armonía en el cuerpo?
5.       ¿Para qué nos sirve nuestro cuerpo?


ACTIVIDAD 2: ¿QUE NOS DICE LA BIBLIA?

San Pablo nos da el ejemplo del cuerpo para enseñarnos la relación que hay entre Jesucristo y la Iglesia, y también la relación que debe existir entre los miembros de la Iglesia.

“Del mismo modo que el cuerpo es uno y tiene muchas partes y todas las partes del cuerpo, aun siendo muchas, forman un solo cuerpo, así también Cristo. Todos nosotros ya seamos judíos o griegos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un único cuerpo. Y a to-dos se nos ha dado a beber del único Espíritu.

El cuerpo no se compone de una sola parte, sino de muchas. Por eso, aunque el pie diga: Yo no soy mano, y por eso no soy del cuerpo, no por esto deja de ser del cuerpo. Así mismo, aunque la oreja diga: Ya que no soy ojo, no soy del cuerpo, no por eso deja de ser del cuerpo.

Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿cómo podríamos oír? Y si todo el cuerpo fuera oído, ¿cómo podríamos oler? Pero Dios ha puesto cada parte del cuerpo como ha querido. Si todos fueran la misma parte, ¿dónde estaría el cuerpo?

Pero hay muchas partes y un solo cuerpo. El ojo no puede decir a la mano: no te necesito. Ni tampoco la cabeza puede decir a los pies: no los necesito. Más aún, miren cómo las partes del cuerpo que parecen más débiles son las más necesarias. Y las partes que menos estimulamos las vestimos con más cuidado y las menos presentables las tratamos con más modestia, lo que no se necesita con las otras que son más decorosas. Dios arregló el cuerpo, dando más honor al que le faltaba para que no haya divisiones dentro del cuerpo sino que más bien cada uno de los miembros se preocupe de los demás. Cuando uno sufre, todos los demás sufren con él y cuando recibe honor, todos se alegran con él”. 1 Corintios, 12-26.

REFLEXIONA
1.       ¿Cuál es la fuerza que constituye un solo cuerpo?
2.       ¿Cuál es la misión del bautismo?
3.       ¿En qué consiste y qué valor tiene la diversidad en el cuerpo?
4.       ¿En qué consiste la solidaridad entre los miembros de un cuerpo?


ACTIVIDAD 3: RESUME EN TU CUADERNO

1.            EL CUERPO DE CRISTO
Con nuestro cuerpo hablamos, actuamos, nos hacemos presentes ante los demás, nos comunicamos. También Jesús tomó un cuerpo humano.

Recordemos la encarnación de Jesucristo. El Hijo de Dios que existía desde siempre en el Padre, entra en un cuerpo humano que se va formando en el seno de una Virgen nazarena. El Hijo de Dios que se encarna es Jesús.

Por la encarnación, el Hijo de Dios se hace carne, se hace cuerpo, y se hace visible para todos; a través de su cuerpo el Hijo de Dios ve, oye, trabaja, camina, habla y se relaciona con los demás, enseña y otra sus milagros que sanan y salvan a la gente.

A través de su cuerpo el Hijo de Dios comunica su mensaje de salvación, muere en la cruz para la liberación de todos y resucita de entre los muertos venciendo así la muerte y dándonos la vida definitiva.

Observa que la obra salvadora del Hijo de Dios está estrechamente ligada a la encarnación.


2.            LOS APÓSTOLES FUERON EL NUEVO CUERPO DE CRISTO

Cuando resucitó el Hijo de Dios, envió su Espíritu que llenó la mente y el corazón de los apóstoles; ellos recordaron la palabra de Jesús, la obra de Jesús, la salvación de Jesús.

Llenos del Espíritu Santo, los apóstoles hablaron la palabra de Jesús y sus manos obraron los milagros de Jesús y la salvación de Jesús.

A través de ellos el Espíritu de Jesús resucitado siguió hablando, caminando, viendo, oyendo, comunicando el mensaje, celebrando y orando al Padre, y mucha gente recibió a Jesucristo y se convirtió a él.

Los apóstoles fueron el nuevo cuerpo de Cristo y a través de ellos su mensaje llegó a más gente, a más lugares y durante más años: Jesús les había dicho: “Quien a vosotros oye, a mí me oye”.
San Pablo decía: “no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”.


3.            LA IGLESIA ES EL CUERPO DE CRISTO
Observa que un cuerpo tiene muchos miembros y cada miembro tiene su función propia para la vida de todos.

Cada hombre que recibe el Espíritu del Espíritu Señor resucitado es un cristiano, un miembro del cuerpo de Cristo; y todos los cristianos formamos el cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

A través de la Iglesia, el Hijo de Dios, sigue hablando, comunicando su mensaje de salvación, sanando, curando, llevando a los hombres luz y vida.

A través de su cuerpo, Cristo sigue bendiciendo, perdonando, llamando a la unidad, orando, pero también Cristo sigue sufriendo y muriendo en muchos de sus miembros que sufren la soledad, la miseria, el abandono, la violencia y la muerte.

Son muchos los sacerdotes, religiosos y religiosas, padres de familia, jóvenes, que son verdadero cuerpo de Cristo y hacen presente el Reino de Dios en su hogar, en su trabajo, en su colegio y con sus amigos.

4.            LA COMUNIÓN EN EL CUERPO DE CRISTO
Cristo es la cabeza del cuerpo y es quien le comunica la vida a todos los miembros; él había dicho: “Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros”. Juan 15, 4.

Todos los miembros del cuerpo de Cristo tienen igual dignidad, igual valor y debe haber entre ellos solidaridad, unión y colaboración, “de manera que si uno sufre los demás sufren con él, y cuando recibe honor, todos se alegran con él”.

En el cuerpo de Cristo no debe haber divisiones, ni enfrentamientos y, menos aún, menosprecio de unos hacia otros, ¿puede el cerebro despreciar las extremidades? ¿Qué pasaría?

En el cuerpo de Cristo debe haber fraternidad entre todos sus miembros, porque cuanta mayor armonía hay entre ellos mejor se expresa la vida.


5.            LA INTEGRACIÓN LATINOAMERICANA

El anuncio cristiano, por su propio vigor, tiende a sanar, afianzar y promover al hombre, a constituir una comunidad fraterna, renovando la misma humanidad y dándole su plena dignidad Humana, con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio. La Evangelización promueve el desarrollo integral, exigiendo dé todos y cada uno el pleno respeto de sus derechos y la plena observancia de sus deberes, a fin de crear una sociedad justa y solidaria, en camino a su plenitud en el Reino definitivo. El hombre está llamado a colaborar y ser instrumento con Jesucristo en la Evangelización. En América Latina continente religioso y sufrido, urge una Nueva Evangelización que proclame sin equívocos el Evangelio de la justicia”. Santo Domingo, 13.


ACTIVIDAD 4: EVALÚA EL LOGRO DE LOS OBJETIVOS

Sintetiza
1.       ¿Cuál fue la función del cuerpo de Cristo para la salvación?
2.       ¿Cuál es la misión de la Iglesia como cuerpo de Cristo?
3.       ¿Cuál es la relación que debe existir entre los miembros de la Iglesia?

Analiza
4.       ¿Cuáles son las ventajas de la integración latinoamericana?
5.       ¿Qué relación hay entre la integración latinoamericana y el cuerpo de Cristo?

Tu compromiso
6.       ¿Eres un buen miembro de la Iglesia? ¿Se comunica Cristo a través de ti? ¿Tienes solidaridad con los demás?

Recuerda:
•                    La Iglesia es el cuerpo de Cristo.
•                    A través de ella, Cristo sigue actuando.
•                    Los miembros de la Iglesia deben vivir en la solidaridad y en la fraternidad.

Hagamos nuestra oración
“Oh Dios que has iluminado los corazones de tus hijos con la luz del Espíritu Santo. Haznos dóciles a tu Espíritu para que vivamos en la unidad y en la paz”. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Referencia: Blanco, Blas (1992) Religión 8.  Ediciones Paulinas. Santafé de Bogotá, D.C.

domingo, 27 de mayo de 2018

SEMANA SIETE SEGUNDO PERIODO

MATRIMONIO Y FAMILIA


ACTIVIDAD 3: FUNDAMENTACIÓN CIENTÍFICA

Resume en tu cuaderno
EL MATRIMONIO ES UN SACRAMENTO

Un sacramento tiene su naturaleza en un signo que oculta algo y a la vez lo manifiesta. Un ramo de flores es un signo que manifiesta cariño, aprecio, amistad, acción de gracias o reconocimiento de una persona hacia otra.

San Pablo dice que la unión conyugal es un sacramento (Efesios 5:25-33).
¿De qué es signo o sacramento el matrimonio? El matrimonio, o la unión del esposo y la esposa, es un sacramento que manifiesta el amor y la unión de Cristo por su Iglesia. Los cónyuges, en su relación de amor y de vida, deben manifestar la relación de amor y de vida que hay entre Cristo y su Iglesia.

¿En qué consiste esta relación? Así como Cristo es cabeza de la Iglesia, el marido es cabeza de su mujer; y así como la Iglesia está sometida a Cristo, la mujer debe estar sometida al marido. La sumisión es la respuesta natural a un liderazgo amoroso. Cuando un esposo ama a su esposa como Cristo ama a la iglesia, entonces la sumisión es una respuesta natural de la esposa hacia su esposo.

Como cabeza de la mujer, el hombre debe cumplir con su responsabilidad hacia ella, vivir para ella, dar la vida por ella y amarla como se ama a sí mismo. Cuanta más unión, amor, paz y bienestar haya en el matrimonio, manifestarán mejor el amor y la unión que hay entre Cristo y su Iglesia; así el matrimonio es presencia de Cristo.

3.   LOS EFECTOS DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

Cuando una pareja se presenta en la Iglesia para casarse y recibe el sacramento del matrimonio, ¿qué ha recibido realmente?
  • En primer lugar el consentimiento por el que se entregan mutuamente es confirmado y sellado por Dios: “lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”.
  • La institución matrimonial queda con-firmada por la ley divina y debe regirse por ella
  • El amor de los esposos es asumido por el amor divino que los enriquece y los fortalece para que puedan cumplir dignamente la misión y las responsabilidades que contraen.
  • El Espíritu de Jesucristo permanece con los esposos para confirmarlos en el amor, en la paz y en el respeto mutuo, y darles una forma de vida que garantiza la fidelidad y la unión para toda la vida.
  • Cristo es la fuente de esta gracia. Permanece con ellos, les anima a seguirle llevando la propia luz, a levantarse de sus caídas por la gracia del perdón, a perdonarse mutuamente, a llevar el uno las cargas del otro, a someterse el uno al otro en el temor de Cristo; en las alegrías de su amor y de la vida familiar, les da, ya en esta tierra, un gusto anticipado del banquete de bodas del Cordero.
  • La gracia del sacramento capacita a los esposos para amarse “como Cristo amó a la Iglesia”. Con un amor sobrenatural, delicado y fecundo. Así, el vínculo matrimonial llega a ser el reflejo del amor fiel de Dios que dice a su pueblo: “Con amor eterno te he amado”, a pesar de sus caídas e infidelidades, “porque es fuerte el amor como la muerte” y “grandes aguas no pueden apagar el amor”.

ACTIVIDAD 4: Evalúa el logro de los objetivos
Sintetiza
  1. ¿De qué es sacramento el matrimonio cristiano?
  2. ¿Cómo debe ser la relación de la pareja cristiana?
  3. ¿Qué efectos produce el sacramento en la pareja?

Analiza con tus compañeros
  1. En la vida corriente, ¿podemos distinguir un matrimonio cristiano de otro no cristiano? ¿En qué aspectos?

Tu compromiso
  1. ¿Cómo quieres que sea tu matrimonio?
  2. ¿Te gustaría recibir la vida y la fuerza del Espíritu Santo que se da en el sacramento?

Recuerda:
El matrimonio cristiano es sacramento de la unión de Cristo con su Iglesia.


Referencia: Blanco, Blas (1992) Religión 9.  Ediciones Paulinas. Santafé de Bogotá, D.C.